Esta noche me siento especialmente mal, me envuelvo en el deja vu de alguna depresión extrema que debo haber vivido alguna vez y reniego…
Ciego.
Miro Manhattan por la ventana con sus idiotas luces que nunca duermen y me identifico idiotamente con ellas por este insomnio auto suministrado cómplice de pecados…
Quema.
El frío de la nieve sucia por el transitar de los autos me recuerda el vacío enlodecido y adolecido de mi alma traicionera, maldita ramera…
Fácil.
Me termino mi mocaccino Starbuckseano el cual infielmente abandona a mi Marlboro Lights a medio terminar robándome un pedazo de mis labios cansados de querer hablar y callar y solamente resulta…
Humo.
Y me consumo el pasado en dos segundos, me tiro a ellas y a las otras, las nuevas, las viejas, las olvidadas y desde esas miradas amantes dibujadas, una vez más un leve bramido de hastío personal me abraza… ¿Qué me pasa?
Solo.
Mi celular se viste de tres llamadas perdidas… Números extraños tal vez de alguna perdida de esas que fácil se desvisten, extrañamente entre dientes me pregunto… ¿Por que existen?
Consecuencia.
Casi al tiempo el espejo me responde: “Para llenar en gotitas invisibles el alma del pendejo al que reflejo...”
Perdido.
Encuentro la verdad en mi mentira, descubro el lienzo negro de mi falsa vida colorida, de pronto… El ruido de una sirena me distrae de esta culposa pena…
Fuego.
Me prendo otro cigarrillo, vuelvo a asomarme a la ventana y el sol ya se despierta sobre el lomo de una Neoyorkina paloma, que me devuelve la paz y una vez más, tristemente sonrío sin mirar atrás y me digo a mi mismo…Úpale, fue sólo mi conciencia…ya se me pasará.

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