lunes, 5 de noviembre de 2012

FILO-SOFÍA


Sus ojos eran verdes, pero no de un verde normal,
eran un verde de sueño, un verde tal vez celestial.
Su piel, tersa y pálida, como de muñeca fina de porcelana,
su pelo, negro noche con estrellas fugaces que llamaba canas.
Así era mi maestra de Filosofía principal,
así fue mi primer amor, simplemente ideal…
…Recuerdo como la de hoy, aquella tarde,
llovía mucho y el frío te hacía temblar,
como para anunciar con gran alarde,
lo que prontamente iba a pasar.
Tímido, toqué a su puerta dos veces,
y luego de tres minutos, se abrió,
exactamente un segundo antes,
de que yo huyera por el corredor.
Saludé: Buenas, Maestra, ¿Cómo está?
Conmigo, le traigo mi redacto,
disculpe la hora en que he llegado,
pero como dicen, es mejor tarde que jamás.
Me invitó a pasar, entonces,
luego de eso, me invitó un café,
mientras yo gritaba a mudas voces,
lo preciosa que hoy se ve.
Fue un tema “libre” y que ironía,
me tuvo prisionero, casi tres días.
Pero llegó el café y con él,
su lentes a media nariz.
Frente a ella me senté,
y comencé a leer lo que escribí.
Palabra por palabra, oración por oración,
clara y pausadamente fui pronunciando,
mientras que, en su rostro la reacción,
que yo quería, lento, se iba dibujando.
Comenzó con la típica mirada de profesora,
fría, directa y hasta a veces acusadora.
Pero cambió, y de tal manera…
…Que empecé a temblar desde la punta de mis botas,
hasta el último pelo de mi rockera melena.
Pero al fin, terminé mi lectura,
y fue con la palabra: amor.
Ya para ese entonces…
…Mi corazón latía con locura,
y hasta creo que con temor.
¿Tal vez se ofendió? o ¿Le habrá gustado?
¿Lo sintió también? o ¿Estaba reprobado?
Fueron cuatro preguntas,
tres minutos de silencio,
dos miradas encontradas,
y un tímido primer beso.
En ese instante paró de llover,
y la luna ya se había despertado.
Pero yo, todavía no podía creer,
que al fin la había besado.
En su habitación, mató los temores que tenía,
y mi realidad, comenzó a vivir la fantasía,
al desvestir su blusa de profesora elegante,
y vestir la desnudez de ser mi amante.
Esa noche, aunque ella fue mi mujer,
yo jamás dejé de ser su alumno,
porque con experiencia y placer,
supo construir cada segundo.
Jamás le presté tanta atención, como ahora lo había hecho,
pero no fue tal vez, porque yo no lo había querido,
sino que nunca hubo aula tan acogedora como la de su lecho,
ni teoría tan interesante, como la de sus gemidos.
A la mañana siguiente, desperté a su lado,
desnudos los dos y todavía abrazados,
la miré dormida y quise besarla,
pero no me atreví a despertarla.
Despacito me alejé, casi como no queriendo,
y me sentí celoso del sol que la estaba viendo,
pero dejé que con su calor abrigara su cuerpo,
como la noche anterior yo lo había hecho.
Sobre su velador, le dejé una rosa,
y en una servilleta, este recado:
Profe Sofía, ¿Sabe una cosa?
de usted, me he enamorado.
Luego de esa noche y ese día,
ya jamás nunca, la volví a ver,
tal vez fue porque ella así lo quería,
o porque el destino así tenía que ser.
La busqué como un loco, por todos lados,
y tan sólo la encontré en mi memoria,
cada vez que recuerdo esta historia,
de dos imposibles enamorados.
Así fue mi maestra mujer,
así fue mi primera vez…
…Una noche azul, en la que se mezcló,
la ilusa Filosofía y un verdadero amor.

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