Sus
ojos eran verdes, pero no de un verde normal,
eran un verde de sueño, un verde tal
vez celestial.
Su
piel, tersa y pálida, como de muñeca fina de porcelana,
su pelo, negro noche con estrellas
fugaces que llamaba canas.
Así
era mi maestra de Filosofía principal,
así fue mi primer amor, simplemente
ideal…
…Recuerdo
como la de hoy, aquella tarde,
llovía
mucho y el frío te hacía temblar,
como
para anunciar con gran alarde,
lo que prontamente iba a pasar.
Tímido,
toqué a su puerta dos veces,
y
luego de tres minutos, se abrió,
exactamente
un segundo antes,
de que yo huyera por el corredor.
Saludé:
Buenas, Maestra, ¿Cómo está?
Conmigo,
le traigo mi redacto,
disculpe
la hora en que he llegado,
pero como dicen, es mejor tarde que
jamás.
Me
invitó a pasar, entonces,
luego
de eso, me invitó un café,
mientras
yo gritaba a mudas voces,
lo preciosa que hoy se ve.
Fue
un tema “libre” y que ironía,
me tuvo prisionero, casi tres días.
Pero
llegó el café y con él,
su
lentes a media nariz.
Frente
a ella me senté,
y comencé a leer lo que escribí.
Palabra
por palabra, oración por oración,
clara
y pausadamente fui pronunciando,
mientras
que, en su rostro la reacción,
que yo quería, lento, se iba
dibujando.
Comenzó
con la típica mirada de profesora,
fría, directa y hasta a veces
acusadora.
Pero cambió, y de tal manera…
…Que
empecé a temblar desde la punta de mis botas,
hasta el último pelo de mi rockera
melena.
Pero
al fin, terminé mi lectura,
y fue con la palabra: amor.
Ya para ese entonces…
…Mi
corazón latía con locura,
y hasta creo que con temor.
¿Tal
vez se ofendió? o ¿Le habrá gustado?
¿Lo sintió también? o ¿Estaba
reprobado?
Fueron
cuatro preguntas,
tres
minutos de silencio,
dos
miradas encontradas,
y un tímido primer beso.
En
ese instante paró de llover,
y
la luna ya se había despertado.
Pero
yo, todavía no podía creer,
que al fin la había besado.
En
su habitación, mató los temores que tenía,
y
mi realidad, comenzó a vivir la fantasía,
al
desvestir su blusa de profesora elegante,
y vestir la desnudez de ser mi amante.
Esa
noche, aunque ella fue mi mujer,
yo
jamás dejé de ser su alumno,
porque
con experiencia y placer,
supo construir cada segundo.
Jamás
le presté tanta atención, como ahora lo había hecho,
pero
no fue tal vez, porque yo no lo había querido,
sino
que nunca hubo aula tan acogedora como la de su lecho,
ni teoría tan interesante, como la
de sus gemidos.
A
la mañana siguiente, desperté a su lado,
desnudos
los dos y todavía abrazados,
la
miré dormida y quise besarla,
pero no me atreví a despertarla.
Despacito
me alejé, casi como no queriendo,
y
me sentí celoso del sol que la estaba viendo,
pero
dejé que con su calor abrigara su cuerpo,
como la noche anterior yo lo había
hecho.
Sobre
su velador, le dejé una rosa,
y
en una servilleta, este recado:
Profe
Sofía, ¿Sabe una cosa?
de usted, me he enamorado.
Luego
de esa noche y ese día,
ya
jamás nunca, la volví a ver,
tal
vez fue porque ella así lo quería,
o porque el destino así tenía que
ser.
La
busqué como un loco, por todos lados,
y
tan sólo la encontré en mi memoria,
cada
vez que recuerdo esta historia,
de dos imposibles enamorados.
Así
fue mi maestra mujer,
así
fue mi primera vez…
…Una
noche azul, en la que se mezcló,
la
ilusa Filosofía y un verdadero amor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario